Mi primer auto fué todo un acontecimiento, no sólo para mí, su flamante dueña, sino que también para muchos de mis amigos que compartieron divertidas aventuras a bordo.
Mi papá me regaló esta joyita cero kilómetros cuando cumplí 19 años. Yo estaba recién graduada de mi curso de conducción en el Automóvil Club, en el cual me inscribieron luego que que mi papá soportara dos días de intenso entrenamiento conmigo y antes de perder la paciencia prefirió enviarme a un curso con profesionales acostumbrados al sonido de los cambios sin embrague, los virajes de esquina por encima de las veredas y otras variaciones highlander del aprendizaje automovilístico.
Este singular vehículo era como un personaje de película de Walt Disney, tipo el protagonista de las carreras de auto, ya que sus características de modelo y color eran como sacadas de un cartoon: rojo italiano, de nariz grande y focos que en invierno juntaban agua como en una pecera. De hecho, uno de los nombres con que lo bautizó mi primo mayor, Emilio, fué "Mickey Mouse Car". Luego a mi hermano se le ocurrió que mi auto debía llamarse "Gnomo Móvil" ya que según él ese era el nombre más representativo para un auto casi de juguete cuya dueña medía, y aún mide, sólo 1,55m de estatura.
El "Gnomo Móvil" era el medio de transporte de todos, para ir y venir de fiestas, paseos a la playa, y por supuesto ir a la universidad. Por alguna razón que nunca pude entender ni yo ni los pseudo mecánicos del garage donde yo era clienta frecuente, el Gnomo Móvil tenía una falla en el motor de partida que nunca nadie fué capaz de reparar; tanto así que para no tener que pedir ayuda a cada rato para que empujaran a mi auto y yo poder encender el motor en segunda marcha, cuando iba a la universidad a clases lo dejaba estacionado cuesta abajo por si acaso. Así, en el caso que el motor no quisiera partir yo simplemente soltaba el freno de mano y me lanzaba en pendiente hasta que lograba arrancar el motor, mientras por la ventana gritaba a los peatones "cuidado, no puedo frenar".
Me acuerdo un día que llevé a varios compañeros de clase en el auto y de repente justo en una subida en calle Los Leones el auto simplemente se detuvo y empezó a retroceder mientras todos nosotros mirabamos el paisaje en reversa sorprendidos. Me acuerdo que mis compañeros se bajaron del auto aún en movimiento y entre los 4 empujaron hasta que logramos subir la pendiente. Una vez arriba en terreno plano siguieron empujando hasta que logré encender el motor como siempre en segunda marcha. Se podrán imaginar el taco que armamos y la de bocinazos y garabatos de que fuimos víctimas mientras hacíamos nuestro mejor esfuerzo por no llorar de la risa con lo absurdo de la situación. Era como conducir el auto de los Picapiedras.
Pero sin duda la anécdota más divertida le ocurrió a mi hermano y a mi primo Alvaro. Eran al rededor de las 11 de la noche de un fin de semana, ellos me habían pedido prestado el Gnomo Móvil para ir a una fiesta. Ambos, sin licencia de conducir como es obvio en Chile a los 16 años de edad, medio ebrios y con ganas de hacer maldades iban a unos 60Km por hora por la calle Vitacura y se aproximaban al cruce con calle Américo Vespucio cuando depronto casi al llegar a la esquina vieron a una prostituta en un paradero de micros. Con la inconciencia absoluta de esa edad y claramente influenciados por el alcohol no encontraron nada mejor que abalanzarse sobre la pobre cristiana gritando "mueran las putas". Para suerte de la puta y desgracia de ellos, antes de atropellar a su objetivo el auto embistió un cable de alumbrado público de esos que van en diagonal hacia el piso de concreto y están cubiertos de metal cilíndrico.
En un abrir y cerrar de ojos el costado del copiloto de Gnomo Móvil se elevó por el aire producto del impacto estratégico del cable a tierra y cayó estruendosamente completo de costado hacia la izquierda. "Estamos muertos?" preguntó mi primo en el lado del copiloto, mientras por la ventana veía el cielo y los focos del poste. Luego de un par de minutos de silencio, ambos se bajaron del auto por la ventana del copiloto como emergiendo de un pozo en la tierra y sin siquiera ponerse de acuerdo fueron hasta el otro lado del auto, el costado que yacía en el suelo, y con esa fuerza que sólo proviene del susto y la adrenalina, literalmente alzaron a Gnomo Móvil a pulso hasta que éste cayó pesadamente con sus cuatro ruedas en el suelo. Mientras, ya se había juntado gente que miraba curiosa y quizá se preguntaba dónde estaría la cámara escondida en este reality show. Mi hermano volvió a subirse al volante e intentó echar a andar el motor que por supuesto, era que no, ni chistó y simplemente no partió. Mi primo se dispuso inmediatamente a empujar el auto desde atrás y cuando ya agarraron la velocidad necesiaria el motor partió. Luego mi primo corrió hacia su asiento con el auto en marcha y se lanzó al interior como en una película de los Dukes de Hazard o Indiana Jones, se acomodó en el asiento y cerró la puerta. Entonces mi hermano aceleró y se esfumaron de la escena del crimen antes de que llegaran más espectadores y los pacos.
Al día siguiente yo ví el auto y no pude entender cómo era posible que el espejo del piloto estuviera colgando de un hilo y que todo el lado izquierdo estuviera como arañado por un gato gigante. La explicación que me dieron ellos muy serios parecía obvia: estacionaron el auto en la discotheque y tuvieron la mala suerte de que un camión se estacionara al lado izquierdo y pasara a llevar todo a su paso. Un camión? en la discotheque? En fin, no iba a dudar de ellos, así que les creí. Sólo después de un par de años se animaron a contarme la verdad entre carcajadas y durante mucho tiempo después mi hermano fué la entretención de los amigos cada vez que relataba los detalles del evento en asados y fiestas.