sábado, mayo 28

La casa de Isabel

El tren avanzaba rapidamente a través de la ciudad de los árboles, emitiendo un murmullo arrullador mientras aparentaba volar veloz a la par de las enormes nubes que flotaban a baja altura.

Cala miraba distraidamente por la ventana, siempre le llamó mucho la atención el cielo y las nubes de esta parte del planeta donde la bóveda celeste era perfectamente redonda e imponente.

A pesar de la altura significativa de los árboles que dominaban todo el territorio con su magnífico verdor de distintas texturas, al no existir cerros ni montañas el cielo cobraba una grandeza sorprendente para quien estaba acostumbrada a la vida de paisaje encajonado en las faldas de la imponente Cordillera de Los Andes.

"Una vez más en la Atlantida", pensó Cala refiriéndose a la capital del estado de Georgia en Estados Unidos, Atlanta. Ella trabajaba como supervisora de la aerolinea Delta en el aeropuerto de Santiago, y para su asombro, a pesar de haber hecho ya un centenar de viajes a la Atlantida, el grandioso tamaño de las nubes y la profundidad celeste del cielo no dejaban de producirle un gran sobrecogimiento en cada viaje en tren a la ciudad.

Su pensamiento saltaba de copa en copa de árbol junto con su mirada; era inevitable divagar por el paisaje sin acordarse de su madre..."donde estás? Eres feliz? Y pensar que antes deseaba para mi toda la felicidad y buena fortuna; y en cambio ahora mi único deseo de todo corazón es tu felicidad eterna junto a Ela y Tata. Me gustaría verte bailar sobre las nubes, llegar en punta de pies a tocar el piano sonriendo llena de dicha en una eterna niñez mágica y benévola"

Desde las nubes su mente fue a parar directo al pasillo ensombrecido de la casa de Isabel...

Cala avanzó hacia el dormitorio destinado para el comedor de diario. Sentados a la mesa tío abuelo Sebastian, abuela Ela, mama Bila, cada uno con una copa de vino, mirando por la ventana hacia el rosal recién florecido.

Tio Sebastian como era su costumbre ya habia salido al patio a cortar la primera rosa de la temporada; llenó un vaso con agua y dejó la rosa en el centro de la mesa del comedor de diario, donde pudiera ser admirada por todos.

Bila y Ela, ambas en silla de ruedas, sabían contentarse con tan poco...Había transcurrido poco menos de dos años desde el serio accidente vascular y respiratorio de Bila, al cual sobrevivió por un milagro, por una chispa divina llamada amor o magia de vida, por karma...quién sabe! Alguna vez dijo un médico que pudo ser la tristeza la causante del colapso que casi la mató; una explicación poco cientifica pero bastante probable; la mirada de dolor se instaló en sus ojos ese año en que murió el abuelo Tata y en que su marido la abandonó. Cala estaba agradecida de no haberla perdido aún y ya no buscaba explicación a lo inexplicable. Bila estuvo a las puertas de la muerte y sobrevivió. Luego, durante otros cuatro años consecutivos a varias hospitalizaciones más, sobrevivió...

Ela en cambio estaba postrada por causa de una artrosis avanzada que la tenía casi inmobilizada de sus piernas y manos. Su cuerpo anciano retorcido delataba lo sombrío de su pensar, la ausencia total del perdón, la vehemente rebeldía hacia cualquier actitud resiliente. En su cabeza ensombrecida por la demencia senil se debatían los demonios de todos los tiempos, dando apenas destellos de lucidez cada vez más distanciados en su adormecida pesadilla. La inmobilidad de su cuerpo era, a modo de ver de Cala, la última y más cruel somatización de un espíritu devastado.

La locura en sus ojos celestes desorbitados reflejaba la desesperación de su alma, cansada de aguardar una respuesta al enigma tan angustiante de no saber; no saber dónde estaba Ricardo, su amado hermano menor muerto poco después del golpe militar; la enorme pena de haber perdido a su pequeña hermana en juventud, víctima de un aborto irresponsable. La vida de Ela nunca volvió a ser la misma, su espíritu ya no quizo seguir...Los años pasaron como una obligación impuesta por el fatal e injusto Dios a quien ella siempre maldecía e increpaba. Su único motivo de existir fue respirar y vivir a través de su hija Bila consumiendo su energia mas preciada: la juventud.

La casa de Isabel era como el castillo de cuento de la Bella Durmiente, con el paso del tiempo cada vez mas cubierto de espinas dolorosas de recuerdos imborrables, infranqueable a la sanidad y prohibida para la práctica libre del amor sin prejuicios.

El verdor de los arboles cubiertos de hiedra y enredadera la trae de vuelta al tren, Cala suspira, su mente aún muy lejos del ahora. El pasado quiere seguir hablando. Hay un sentimiento nostálgico que la ronda desde siempre y para siempre. Haber sido testigo de la desaparición de dos mujeres que fueron un hito en su vida y estar en constante reivindicación de su legado tras bambalinas, ese que no se ve pero se vivió. Todas las lágrimas, las maldiciones echadas al viento; toda la paranoia y sobreprotección, toda la siniestra enfermedad que se instaló por años en sus corazones y sus cuerpos hasta inmovilizarlas por completo mucho antes de la muerte.

Cala estaba convencida que no podía olvidar, se lo debía a ellas, a su madre y a su abuela; las dos mujeres que marcaron su vida, su forma de escuchar y mirar, su forma de esperanzarse a pesar de lo imposible. Su vida junto a ellas fué muchas veces una dura carrera contra la desesperanza, el desamor y la tristeza de sus almas en perpetuo autocastigo.

No, Cala no puede olvidar esa primera mitad de su vida que aún es tan intensa. Gracias a lo que ellas se negaban a sentir, Cala fue capaz de sobrevivir; gracias a llevarles la contra y mantener firme su arsenal de creencias es que ahora sobrevive. Gracias a ellas y al único amor que sí fueron capaces de expresar: el amor por sus hijos.

El tren se detuvo en la estación donde debía bajarse. La puerta se abrió...

domingo, enero 9

Y vivieron Felices para Siempre

La vida a bordo de un tanque: y he aqui que mi turbulenta experiencia como asistente del viaje al Mas Alla se ha convertido en un cuento de hadas con principe azul y castillo nuevo...no puedo quejarme, soy feliz