lunes, enero 14

Eurail Pass

"ok, entonces mañana salimos a Roma" decidimos con mi prima Sandra y mi hermano Santiago luego de una breve y carreteada planificación mirando el mapa de Europa. Nos encontrábamos en München, la primera parada de un viaje memorable y delirante. La idea era empezar en el sur desde Roma para luego ir recorriendo hacia el norte: Salzburgo, Bruselas, Amsterdam y volver a Alemania por el norte, un plan perfecto para unas vacaciones perfectas en Europa. 

Al día siguiente nos levantamos temprano y bajamos a tomar nuestro "continental breakfast" de hostal juvenil: mesones largos tipo te club con montañas de panes semi blandos, mermeladas y mantequillas en envases individuales y café pelado desabrido. Después de sustraer del mesón algunos de aquellos suculentos manjares para no morir de inanición durante el día y depositarlos estratégicamente en todos y cada uno de los bolsillos de la parka de Sandrún, abandonamos el comedor sonrientes bajo la mirada suspicaz del adulto responsable del lugar. Subimos una vez más a nuestra habitación y terminamos de acomodar nuestros excesivos bártulos y poco adecuadas maletas con ruedas para dárnoslas de pseudo mochileros paseando por "las Europa..."

Salimos como equecos del hostal para dirigirnos caminando a la estación de trenes. Llegamos directo a pararnos frente a la gigante pantalla de itinerarios con los andenes, destinos y horas de salida: anden 12 Roma, 8:45AM. Eran casi las 8:40 así que corrimos por los andenes hasta llegan a nuestro tren que con el frío de la mañana echaba vapor como en una película nocturna de Londres.

Subimos al primer vagón y comenzamos a recorrerlo para buscar asientos, lleno; seguimos al siguiente vagón, lleno; recorrimos los 8 ó 10 vagones de ese bendito tren y no pudimos encontrar un sólo asiento libre. En una fracción de segundo nos miramos y en una decisión de vida o muerte Chago agarró todas las maletas y bolsos en sus dos brazos y sin titubear -ni mirar si venía algún incauto directo a recibir semejante cargamento encima- los lanzó fuera del tren al vacío hacia el anden; luego se lanzó él y nos ofreció una mano para saltar a Sandra y a mí. Una vez en tierra y jadeando de adrenalina escuchamos el silbato furioso del alemán despachando el tren que lentamente comenzó a avanzar. Mientras hacía sonar su silbato nos miraba con el ceño fruncido con la clara intención de echarnos la bronca apenas terminara de sonar su silbato. Agarramos todo y volvimos a correr desastrados hacia la pantalla de itinerarios.

Hmm...y ahora qué?...el próximo tren sale en 10 minutos destino Amsterdam, dijo Sandrún, Amsterdam ! exclamó Chago en éxtasis...ok, nos vamos a Amsterdam entonces, dije yo mientras me colgaba de un hombro mi bolso de mano, ya arrepentida antes de siquiera empezar la travesía de sólo pensar en el acarreo de tanto equipaje inutil. De vuelta a los andenes, subimos al tren y oh, alabado, hay asientos libres para desplomarse y disfrutar de unas cuantas horas de silla mecedora en tren.

Al fin, nuestro viaje había comenzado...

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